El tercer disco compacto de la Orquesta Sinfónica de Heredia (OSH), titulado Rompiendo moldes, se distingue no solamente por su nombre, sino por lo que se encuentra detrás de este, que es importante entender en su sentido más directo. Es decir, asistimos al rompimiento de los clichés, que se percibe como ruptura de ideas muy repetidas, cuya acción de fractura trae consigo nuevos cambios, que aparecen y sin necesarias en el ya formado nuevo contexto histórico del país. Sobre este, el contexto, empezaremos nuestra introducción.

El disco fue grabado en las Temporadas 2012 y 2013, cuando la OSH y su Director Titular, Eddie Mora, empezaron a romper conscientemente las tradiciones de selección de un repertorio sinfónico para conciertos de temporada, a pesar de las opiniones adversas de la crítica local. Con argumentos de peso, se logró persuadir a la opinión pública acerca de la necesidad de romper con el consabido cliché: la consuetudinaria interpretación de obras universales, sin dar el justo valor a las composiciones de carácter regional y local.

En esta dirección, en el repertorio de las Temporadas 2011 y 2012 sucedieron cambios significativos, ya que la mitad de las obras interpretadas en los conciertos fueron escritas por compositores latinoamericanos. Muchas de estas forman parte de los tres discos compactos: el primero, Caminos, lanzado a finales de 2011; el segundo, Retratos, editado a principios del año 2013; y el presente, titulado con acierto, Rompiendo moldes.

Sin embargo, esta circunstancia no solamente es significativa en relación con el nombre del disco, sino también, la atmósfera que domina en su espacio sonoro, que contiene valiosos ejemplos musicales de los cambios y transformaciones sucedidos durante el siglo XX y lo que va del presente.

Uno de los factores que señala el rompimiento de las tradiciones es la grabación de obras escritas en las primeras dos décadas del siglo XXI, desde los autores más venerados como el boliviano Alberto Villalpando, nacido en el año 1940, hasta el joven compositor de apenas veintiséis años de edad, Andrés Soto, por ejemplo.

En cada una de las obras del disco resalta una óptica definida y un fundamento conceptual por parte de cada compositor desde su mundo sonoro.

Escuchando y comparando entre sí dos obras de los compositores de América del Sur, podemos dar cuenta de lo anterior. En el Concierto para violín y orquesta de cámara (2011), del boliviano Alberto Villalpando, el compositor se aproxima al material música por medio de la geografía sonora de su país, dando un rol principal al violín que parece un caminante solitario por las llanuras inhóspitas y desapacibles, soportando condiciones climáticas hostiles.

La obra Solstitium (2012), de la compositora venezolana Diana Arismendi (1962), por su parte, reproduce con vivo reflejo la vivencia de la artista, que asiste al antiguo ritual Inti Raymi de tribus andinas, en el valle de Quito: “Estás en el centro del mundo y es el día del solsticio de verano, que da comienzo al verano en el hemisferio Norte y al invierno en el Sur. En una explosión de colores, música y tradición en la que la Tierra ofrece el “Rey Sol” todos sus frutos al final de uno de los ciclos de cosecha: maíz amarillo y morado, frutas, legumbres, granos – y la emblemática hoja de coca -; el Sol, radiante y puntual, apareció a las doce del mediodía, desafiando un día nublado y lluvioso, y desapareció progresivamente. El canto de un pájaro que acompañó, infatigablemente, en una visita también reciente a la ciudad de Lima, se me impuso en la expresión de la flauta y el clarinete que revelan, a su manera, el carácter de la prodigiosa y fascinante región andina”, refiere Arismendi.

Solstitium está dirigida en este disco por el compositor Alfredo Rugeles, quien visitó Costa Rica en setiembre del año 2012 en calidad de director invitado de la temporada de la OSH.

En la Suite Amighetti (2003), el compositor costarricense Eddie Mora (1965) interpreta mediante sonidos musicales los grabados y escritos del artista plástico Francisco Amighetti (1907-1998), donde aparecen las imágenes de la hora más oscura antes del amanecer, otras del diablo persiguiendo a un niño, o la procesión de Semana Santa.

Y finalmente, la obra que cierra el presente disco es El susurro de una brisa (2012), que pertenece al joven compositor Andrés Soto (1986), quien estudió y vive actualmente en la ciudad de Nueva York. Esta pieza presenta otro cuadro musical: una historia evangélica que se transmite con medios musicales cercanos al mundo del cine. Esto no es fortuito, porque el compositor vive y trabaja en el ambiente de las sonoridades cinematográficas.

No sería objeto de perdón olvidar una obra emblemática reproducida en la carátula del disco, cuyo creador es el artista plástico José Miguel Rojas (1959) que, literalmente hablando, rompe moldes: “rompe” un disco perteneciente a una reconocida casa discográfica, ya que en palabras del artista: “Los LP, cassetes y VHS dentro de poco verán su muerte. Serían sustituidos con la aparición del CD y la nueva tecnología”. Su sentido ubicable en 1988 (año de aparición de dicho cuadro), también se puede relaciones con nuestro tiempo, en el que la tecnología sigue su vertiginosa senda de innovaciones en relación asimétrica con las modificaciones lentas de nuestro pensamiento.

De esta manera, el disco Rompiendo moldes es un vivo ejemplo de los primeros rompimientos de ciertas tradiciones musicales en Costa Rica, que no termina con el lanzamiento de los tres discos, sino que continúa en la actividad concertista de la OSH que adquiere un sentido anticolonial, tan importante para esta parte del mundo; que se muestra por medio de la ejecución solamente de obras de compositores latinoamericanos en todos los conciertos de la Temporada 2013.

Nota escrita por:

Ekaterina Chatski

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