El concierto de esta mañana por parte de la Orquesta Sinfónica de Heredia, llevado a cabo en el Teatro Eugene O’Neill del Centro Cultural Costarricense Norteamericano, nos abrió las puertas a la Semana Santa, mas no hacia aquella en donde el recogimiento, producto de la fe cristiana, sugeriría la interpretación de algunas obras sacras a manera de preludio para las conmemoraciones religiosas de estas fechas. Me refiero a esa otra cara, aquella en la que muchos costarricenses nos tomamos unos días de descanso para detenernos a disfrutar de las maravillas naturales que posee nuestro país, paisajes además compartidos con un país hermano como México, y que han inspirado ritmos como desde las entrañas de la tierra y el corazón del ser humano.

Esta mañana pudimos deleitarnos con obras como las del maestro Eddie Mora (director titular y artístico de la OSH) quien sin dejar atrás la búsqueda tímbrica y su acoplamiento orquestal, ni los efectos ni las técnicas extendidas de los instrumentos de la orquesta, nos regalo una obra en donde pudimos sentir las voces de la naturaleza emanando del refrescante verde de este país, desde sus aves, hasta los serpenteantes riachuelos, desde los tumbos de sus olas hasta el candente magma en las profundidades de sus volcanes, solo por mencionar algunos ejemplos. La obra en referencia es el estreno mundial de “Monologo para violín y orquesta de cámara”, donde el monologo melódico del solista, mediante la ejecución de notas sobreagudas (brillantemente ejecutadas por el violinista mexicano Cuauhtémoc Rivera) nos decían que esta belleza natural clama desde lo mas profundo una bella melodía que necesita ser escuchada y cuidada. La obra es así también por momentos dramática (el estruendoso bombo es el encargado de acompasar la magnanimidad del clamor), pero en donde dicho dramatismo es abrazado por el jolgorio orquestal. Un aplauso para el maestro Eddie Mora, poseedor de una beta creativa, con pinceladas muy suyas, pero a la vez impredecible.

El lenguaje de obras como las de los mexicanos Manuel Enríquez (1926-1994) y Eugenio Toussaint (1954-2011) nos dejan entrever la energía contenida que se desenvuelve rítmicamente para sacudirnos de cualquier posible letargo. La primera, de Enríquez, “Concerto Grosso, para dos violines, cémbalo y cuerdas” es una obra enmarcada dentro de los cánones del Barroco, tanto en intensidad y movimiento, como en los diálogos solistas-orquesta, pero en donde el lenguaje es un perfecto hibrido de lo tonal y lo un tanto alejado de ello. La segunda obra en mención, la de Eugenio Toussaint, el estreno nacional de “Concertino para quinteto de alientos y orquesta”, tiene como características principales la propuesta rítmica en compases de amalgama, pero sobretodo, la inserción del patrón rítmico conocido como “clave” en su parte central, que permite el ingreso del contrabajo y los instrumentos del quinteto, uno por uno, para recordarnos que somos latinoamericanos y que la Salsa es ya parte del acervo cultural de nuestros pueblos.

Pero si bien tenemos arte y parte en ritmos como la Salsa, llevamos sobretodo impregnado en nuestro ser latinoamericanos, un pasado “indoamericano”, como lo decía el extinto líder político peruano Victor Raúl Haya de la Torre. Así, el concierto matutino tuvo como corolario la “Sinfonía India” del también mexicano Carlos Chávez (1899-1978), obra que, como fue mencionado por el distinguido musicólogo mexicano Rubén López Cano (de visita en estos días en nuestro país) en instantes previos al inicio del concierto, esta basada en temas de los indios yaquis del estado de Sonora en México. Si bien la obra es producto de un afán de propuesta nacionalista, posee elementos que la acercan además a semejantes, como aquellas, las de su contemporáneo, el compositor norteamericano Aaron Copland, en los que las danzas, en este caso, el Jarabe Tapatío hacen acto de presencia.

Y para concluir este articulo, como ustedes verán: por el comienzo, he dejado para el final el hacer mención a la obra que abrió el concierto, la del compositor letón Georgs Pelecis (1947), esto, pues era el “ajeno” geográfica y musicalmente hablando. “Jazmín en Flor”, para violín, vibráfono y cuerdas, es una pieza bella, delicada, en la que el sonido del vibráfono nos insinúa el de una cajita de música, y en donde el violín solista y las cuerdas nos ofrecen las melodías que “la bailarina” en miniatura danza, entre las que se conjugan aires como de un sutil tango, un melancólico pero elegante baile de salón y música incidental. Esta pieza serviría cual plástica veladura (mas que como cortina de apertura) para un concierto que no habría que perderse, esfuerzo titánico por hacernos llegar obras como sacadas de un sombrero de magia, ya que no son de acostumbrada difusión, pero sobretodo, que están preparadas concienzudamente en todos sus detalles y por ende: brillantemente interpretadas, sin discusión alguna.

Escrito por Víctor Salazar, 29 de Marzo de 2015

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