En medio de la oscuridad y algunos murmullos crece la expectativa de un ansioso público. Unas cuantas personas siguen buscando mejores asientos, pero la sala está llena, y los espectadores inquietos. Y es que cuando se habla de “SOLOS” se espera emoción, dinamismo, contraste, protagonismo y la conmoción surge.

Mientras tanto, van subiendo las luces del escenario y los músicos van tomando sus puestos. Pero solamente las sillas del pianista y las cuerdas son ocupadas. El silencio inunda la sala, y súbitamente, muy enérgicos y vehementes, los músicos sorprenden al público interpretando con gran carácter los primeros acordes.

Las métricas cambiantes y los ritmos complejos con los que continúa la obra son interpretados con gran precisión. Y del otro lado del escenario, la impredictibilidad de la pieza capta la atención del público. Conforme avanza la obra vamos percibiendo, de manera más evidente, la influencia musical de la cultura afrocaribeña. E inesperadamente, entre las aristas de este percutido y rítmico tema, el lirismo surge para inundar la obra. Así empieza un diálogo entre canto y rítmica que envuelve tanto al piano como a la orquesta. Estos dos elementos se perciben en congruente oposición, así como contrasta el cauce tranquilo, transparente y fluido de un río, con las piedras ásperas y sinuosas que en su fondo se ven.

Esta obra, RinoSONoronte, es un homenaje de Alejandro Cardona a la música cubana y se hace evidente en sus elementos constructores y hasta en una abstracción de tumbao que se puede percibir en el piano. A propósito de esto, Leonardo Gell, el solista de esta obra, es un pianista cubano. Músico muy apasionado, esto se nota en la limpieza y emoción con la que colorea su interpretación. No sólo se disfruta de su música, también de su presencia escénica. Y precisamente por esto, sorprende, después del merecido reconocimiento de los aplausos, su reentrada al escenario. Tras la orquesta sinfónica, ahora completada con vientos y percusión, Leonardo vuelve con entusiasmo después de un breve respiro a estrenar la Fantasía No. 1 de Marvin Camacho.

En breve, el Eugene O’Neill se transforma en un escenario acuático. De la nada, surgen curiosos sonidos. Da la sensación de estar frente a un gran lago calmo, escuchando las burbujas que provocan pequeñas piedras lanzadas al agua. Son los violines, que con el pizzicato seco que producen las cuerdas detrás del puente, dan inicio a esta obra rica en texturas. Esta aparente calma, rápidamente se va transformando en una marea; ahora fluctuante, luego vigorosa y en su clímax, sublime. Este ascenso es logrado mediante el uso recurrente de cromatismos, quintas paralelas y acordes de cuarta, elementos compositivos que caracterizan la obra de Marvin Camacho. En fin, un alúd sonoro invade a la audiencia entre virtuosos arpegios del piano y tuttis orquestales en los que sobresalen las poderosas melodías de la sección de bronces. A medida que se acerca el final de la obra, la marea vuelve a bajar y el piano retoma la palabra para exponer por última vez el tema.

Del sonido sólido y profundo del piano pasamos al tímido y frágil discurso de una guitarra que busca su identidad entre dos culturas tan distintas. Los ritmos de Brasil y Costa Rica encuentran un común en las notas del Concierto para guitarra y orquesta del compositor brasileño Wellington Gómez. Pero más que buscar la convergencia, la guitarra expone por medio del virtuosismo elementos particulares de cada cultura. En medio de escalas, ritmos complejos y discusiones acaloradas entre guitarra y orquesta, la obra nos lleva al estado de ansiedad y expectativa máximos. Y es hasta que el eco de las últimas notas es interrumpido por el aplauso y la ovación del público, que se encuentra en Mario Ulloa esa tan buscada conexión entre el país del tambito y el de la samba.

Para finalizar, con una obra contrastante en el repertorio de este concierto, el cuarteto White deja atónitos a los oyentes. Desde su entrada al escenario, con su impecable vestimenta en blanco y negro, anuncian el carácter extraordinario del Concierto para cuarteto de cuerdas y orquesta del compositor Bohuslav Martinů. Un rumoroso océano musical, liderado por las cuerdas, entreteje melodías cual corrientes marinas que atraen nuestra atención de un lado al otro del escenario. En algunos momentos son los violines del cuarteto quienes, seguidos por las secciones agudas de cuerda y viento de la orquesta, inician el ansioso diálogo. Por otro lado responde el cello, respaldado en su discurso por su sección orquestal, fagotes, contrabajos y demás graves. Así, este complejo entramado polifónico, crea un diálogo conciso pero impactante al ser escuchado como un todo.

Suenan las últimas notas de los músicos, las ansias expectantes que nos invadían al inicio de este concierto dan paso a esa especial satisfacción que sólo el arte puede provocar en la humanidad. Al final, quienes estuvimos presentes, pudimos inferir que la confluencia de distintos criterios e ideales permite concretar experiencias de mayor trascendencia. Y es que si bien esperábamos “SOLOS”, obtuvimos más que eso, diálogos sonoros.

Escrito por Miguel Arango Calle, estudiante de la Escuela de Artes Musicales (UCR)

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