El pasado Domingo 26 de Julio, un día después de la celebración de la anexión del partido de Nicoya, el salón del Teatro Eugene O’Neill fue inundado por un público de las más diversas características. Desde jóvenes adolescentes con vestimentas negras dignas de un concierto de rock pesado, hasta adultos mayores con trajes de diseñador adecuados para una cena de gala. El motivo de esta tan heterogénea confluencia de espectadores era el III concierto de la Orquesta Sinfónica de Heredia.

Es precisamente la diversidad una de las características más sobresalientes de la OSH. Esta agrupación logra reunir, en un solo espacio y con un solo fin, a personas de variados contextos socio-culturales. Esto desacredita totalmente a quienes afirman que la música académica o clásica está llegando a su fin. Quienes argumentan que los jóvenes están interesados únicamente en la música popular o afirman que aquellos que aman la música académica escuchan exclusivamente el repertorio eurocentrista decimonónico, se sorprenderían al ver este variado grupo de espectadores.

Y con este público, tan diverso, comenzó el III Concierto de la OSH. El silencio inicial fue roto con la delicadísima entrada de las cuerdas que tocaron una melodía sutil, como una leve brisa que logró robar el aliento a toda la sala. La obra era Psalom del compositor estonio Arvo Pärt (1935). Esta pieza creó en el teatro una atmósfera delicada, de una transparente belleza creada a partir de la repetición de un único tema que transmitió un cierto aire de suspenso. Esta obra sorprendió no por grandes masas sonoras, ni por impresionantes complejidades rítmicas o armónicas, sino por su extrema sencillez y gran delicadeza que hacen de la interpretación de la obra un trabajo complejo por su fragilidad.

La siguiente obra rompió de manera abrupta la atmósfera creada por la delicada melodía anterior, captando la atención de cualquier espectador que estuviera todavía inmerso en el solemne mundo de la pieza de Part. La obra era el Concierto para trompeta y orquesta de la compositora letona Ilze Arne (1953). En esta, la trompeta de Jānis Porietis irrumpió con mucha fuerza y gran ímpetu. Posteriormente el solista entró en un constante diálogo con la orquesta que llevó a los oyentes a muy diferentes paisajes. Estos variados ambientes fluyeron constantemente entre lo contemporáneo y lo de antaño.

Otra de las sorpresas, que fue de gran agrado para el público, fue la excelente iniciativa de no tener programa de mano impreso. En cambio, se proyectó un video en la sala, en el que algunos integrantes de la orquesta narraron con sus propias palabras de qué trataba la obra que se oiría a continuación. De esta manera se incorporaron elementos audiovisuales, que apelan a las audiencias más jóvenes, a la vez que se disminuyó el impacto ambiental que representa la impresión de los programas de mano.

La tercer obra comenzó con un delicado solo de clarinete que simbolizaba el sonido de un pequeño y sinuoso riachuelo bajando por las montañas. Este se iriá transformando en masas de agua cada vez mayores conforme se iban incorporando otros instrumentos de la orquesta. La obra que se estaba interpretando era del maestro boliviano Alberto Villalpando (1940). Las imágenes sonoras creadas por esta interpretación lograron que el público observara, como su nombre lo dice, Las transformaciones del agua y del fuego en las montañas.

Posterior a esta impactante obra del maestro Villalpando la entrada de una cimarrona con mascaradas sorprendió a todos los que estábamos presentes. Con esta sorpresa, y un breve relato de unos versos de Paco Amiguetti sobre el “pisuicas”, el director Eddie Mora introdujo la obra que cerraría el recital: La historia de un soldado del compositor Igor Stravinsky (1882).

Esta obra, como comentó Eddie Mora, es ya un clásico del repertorio universal, que lamentablemente se interpreta poco en nuestro país. Stravinsky lleva a los espectadores a través de la leyenda de un soldado, que regresando de la guerra, decide vender su alma al diablo. Su alma, en este caso, es simbolizada por un violín.

Con este variado repertorio se hace evidente que los conciertos de la OSH son un espacio en el que confluyen lo tradicional y lo innovador, lo central y lo periférico, lo contemporáneo y lo antiguo. De esta manera se demuestra lo que alguna vez dijo el gran músico Daniel Baremboim: la música es todo lo contrario del elitismo, es universal.

Escrito por Miguel Arango Calle, estudiante de la Escuela de Artes Musicales (UCR)

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