El 5to Concierto de la Temporada 2014 de la OSH contó con la valiosa conducción del maestro mexicano Juan Trigos, quien respondiendo a una agradable iniciativa del director titular de la orquesta, el maestro Eddie Mora, nos relató previamente lo que nos ofrecerían durante el concierto llevado a cabo en el Teatro Eugene O’Neill del Centro Cultural Costarricense-Norteamericano.

La primera obra presentada, “Concierto barroco para dos violines, orquesta de cuerdas y clave”, pertenece a uno de los mas renombrados compositores mexicanos del siglo XX, el maestro Manuel Enríquez. Es una bella obra en tres movimientos, a la mejor usanza de aquellas de los siglos XVII y XVIII, en donde la labor de los solistas se intercalaba, yuxtaponía o superponía a la de la orquesta. Enríquez empleó esta estructura para discurrir melodías y mantos armónicos realmente bellos, presentándolos en variadas texturas, en donde algunas veces dejaba incluso al clave en ejecución solista. El gran compositor mexicano, conjugando el material modal con armonías tomadas del Jazz, consiguió esquivar los contornos de la tonalidad y dejarnos un bello Concerto Grosso con un toque muy personal y digno representante de la estética de nuestros tiempos. Ineludible el resaltar la exquisita labor de los solistas (Eva Trigueros y Erasmo Solerti), la del virtuoso pianista cubano Leonardo Guell en el clave y la de la orquesta en todos sus integrantes, bajo la precisa dirección del maestro Juan Trigos.

La segunda obra, “Concierto para Clarinete” de Juan Trigos, podría ser definida como un Réquiem instrumental, mas no debido a su estructura, sino porque la idea primigenia que le da origen surge del deseo del compositor y director mexicano de crear un lamento orquestal a la memoria del amigo cercano fallecido. La pieza consta de dos movimientos ininterrumpidos, lento el primero, más marcado y marcial el segundo, en donde los glissandi (a manera de lamentos) se confunden mágicamente con los timbres de las diferentes percusiones. La segunda parte de la obra es una enfática marcha hacia el final, hacia la inexpugnable muerte, en donde el clarinete solista (brillantemente interpretado por el músico argentino-mexicano Martin Scalona) nos estremece con notas extensas y sobreagudas de muy difícil ejecución, a manera de metáfora musical, semejando gritos de dolor por la pérdida del ser querido. Una obra sobrecogedora, estructurada arquitectónicamente con materiales modernos y poseedora de un trasfondo emocional muy fuerte. Vale destacar nuevamente la encomiable e impecable interpretación de la OSH.

La tercera y ultima obra presentada pertenece al gran compositor norteamericano del siglo XX: Aaron Copland. Su “Música para Teatro; Suite en Cinco Partes para Pequeña Orquesta” nos pone en contacto nuevamente con la intención del compositor de seguir creando y preconizando una música propia “norteamericana”. Las cinco partes que conforman la obra cuentan con reiteradas participaciones solistas: del oboe, la trompeta, el clarinete piccolo, el corno ingles y la viola, los cuales aparecen a manera de convocatoria, o bien al inicio o en medio de cada una de las secciones, las cuales poseen remembranzas de la música de Cabaret, de Salón o –como el nombre de la obra lo indica- del Teatro. Las sonoridades orquestales potentes, residiendo aquí la excelente labor de orquestación de Copland, quien logra crear una masa sonora gruesa a pesar de haber decidido no contar con una orquesta numerosa. Muy oportuno y singular el gesto del director Juan Trigos, quien al cierre de la interpretación de la obra decidió levantar la partitura, haciendo receptor de los aplausos, también al ya desaparecido compositor norteamericano.

La OSH, podría ser considerada una más dentro de la amplia gama de orquestas formadas a la luz y patrocinio de una determinada localidad, pero el poner en escena obras de difícil ejecución, en conciertos que poseen unidad y coherencia de lenguaje, mediante una elevada calidad interpretativa de todos sus actores, hace de esta orquesta una agrupación particular y sobresaliente.

Escrito por Víctor Salazar Medina

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