Cuatro caminos cuyas trayectorias se entretejen durante la audición del nuevo disco de la Orquesta Sinfónica de Heredia, están trazando sus rutas imaginarias. Así como en un mapa geográfico se ingenian líneas y símbolos para guiar al transeúnte, en esta ocasión, deseamos encaminar al escucha a una meta determinada ¿Cómo es esa travesía sonora?, ¿hacia dónde nos dirige este disco y cuál es su finalidad?

El primer camino presenta el mundo sonoro de Costa Rica. Este se entrecruza con una segunda vía: la historia del país. Posteriormente, recorremos la creación del repertorio sinfónico de los compositores costarricenses desde hace sesenta años hasta nuestros tiempos, enlazándose con otra senda compuesta por varias obras escritas y dedicadas a la Orquesta de Heredia.

Nuestro viaje sonoro por el mapa musical de Costa Rica se abre con Evocación, obra de la pluma creativa de Benjamín Gutiérrez (1937), aparece primeramente como Improvisación en el año 1961. Gutiérrez compone esta obra durante sus estudios profesionales en los Estados Unidos. Dos décadas más tarde, el compositor modifica la partitura para orquesta sinfónica, cambiándole el nombre a Evocación, y dedicándosela a German Alvarado, el primer director de la Orquesta de Heredia, con una nota en la partitura: “Al Mtro. German Alvarado con afecto. 28/ VIII / 1980”. De esta manera, al repertorio sinfónico de Costa Rica se le suma una obra más, cuya creación evidencia una conexión histórica entre Gutiérrez y la Orquesta de Heredia, donde además el compositor ejecutaba la viola.

La historia que rodea la creación de Danza de la pena negra, también de Gutiérrez, se desarrolla por otra vía, la cual se relaciona con un homenaje a los acontecimientos vinculados a la trágica muerte del poeta español Federico García Lorca, cincuenta años antes de la creación de la obra musical. Danza de la Pena Negra forma parte del espectáculo Paz y sombra de Federico García Lorca, del año 1986, y encarna, según palabras del compositor, “a la gitana, Soledad Montoya, personaje que es frecuentemente citado por Federico García Lorca en su Romancero Gitano”. A pesar de que la pieza musical caracteriza a un personaje gitano, los elementos musicales utilizados, como la polirrítmia (alternancia de métricas binarias y ternarias) y la utilización de la modalidad nos transportan a la atmósfera sonora de la música latinoamericana.

Los dos últimos años de la vida concertante de la Orquesta Sinfónica de Heredia (2010 y 2011) se enriquecen con el nuevo repertorio sinfónico, gracias a la visión cultural de esta entidad artística, cuyos esfuerzos tienden al redescubrimiento de obras de décadas pasadas, junto con la interpretación de composiciones latinoamericanas de nuestro tiempo. Las cinco últimas obras del disco son evidencias fehacientes de dicho propósito.

¿Quién amanece? y Sula´, de Eddie Mora (1965), director titular de la orquesta, son creadas sobre una misma fuente: el canto poético de una indígena bribri. Dicho canto relata el papel femenino en la vida cotidiana de su pueblo. En estas obras, el compositor responde con medios musicales a una nueva lectura histórica distinta de su país, en donde se resalta la diversidad de poblaciones, cada una con su propia cultura. Al escoger la cita (el canto indígena y su texto poético), los instrumentos (ocarina, flautín, una gama de instrumentos de percusión) y la abundante orquestación en colores instrumentales, Mora expresa la descolonización con un discurso propio patente.

En las obras Zachic 5 y Binni Záa, de Alejandro Cardona (1959), aparece el mundo musical de Mesoamérica. Zachic 5, cuyo título viene del nombre maya para el zenzontle (o sinsonte, en castellano) que significa ´pájaro de cien voces´, hace referencia a la teoría de que algunas músicas del pueblo Maya-Quiché (Guatemala) se basan en sus cantos. Así, Cardona explora metafóricamente la relación, inicialmente imitativa y luego compenetrada, entre cultura y naturaleza, que tiene diversos tratamientos musicales a lo largo de la obra. Además, según el compositor, se trata se “un llamado a que la cultura humana no destruya su entorno natural, a que cultura y natura puedan seguir subsistiendo juntos en equilibrio”, cosa que se deja entrever con los títulos de los movimientos. Por su parte, en Binni Záa (que significa ´gente de las nubes´, el nombre que los zapotecas –de Oaxaca, México– se dan a sí mismos), el compositor se ha inspirado en un fragmento del poema homónimo del istmeño Macario Matus:

Toda oscuridad era cuando nacieron los zapotecas.
Brotaron de los viejos árboles,
como la ceiba, del vientre de las fieras nacieron,
como el tigre, el lagarto

Esta obra, según el compositor, “es un homenaje a los ‘piteros’ de Juchitán y de San Mateo del Mar, y a las bandas de vientos del Istmo de Tehuantepec en Oaxaca, que escuché en el marco de las fiestas populares de mayordomía, llamadas “velas”, invitado por mis primos juchitecos de la familia Pineda.” Esta música istmeña, dice Cardona, tuvo una gran influencia en su propia música, no sólo a través de la trasformación de sus particulares sonoridades al interior de un lenguaje personal, sino adaptando ciertos aspectos de su manifestación formal, que representa un tránsito metafórico de carácter circular: natura (sonoridades “sueltas” sin articulación rítmica) – cultura (danza: lo rítmico, propiamente humano) – natura. Asimismo, ambas composiciones de Cardona trascienden temáticamente los límites del territorio de Costa Rica, aumentándolo y enlazándolo con culturas mesoamericanas. También, Binni Záa es una de las obras del disco que fue dedicada a la Orquesta Sinfónica de Heredia.

En la producción de De Profundis (De lo profundo), cuyo autor es Marvin Camacho (1966), influyeron las creaciones del poeta costarricense Jorge Debravo y del filósofo de la Edad Media, San Agustín de Hipona. La expresividad del lenguaje literario de ambos creadores se presenta con dos atmósferas musicales en las que se manifiesta, también, una síntesis del camino creativo de Camacho.

Por último, la obra de Carlos Enrique Vargas (1919 – 1998) fue compuesta en el año 1961 para la obra teatral Antígona, del filósofo griego Sófocles.

En Antígona, la universalidad del tema de la tragedia griega (las leyes humanas que contradicen a las leyes divinas) es inherente a los ideales de la entonces joven Universidad de Costa Rica, por medio de la cual fue realizada la puesta en escena de dicha tragedia.

A pesar de que en esa época Vargas dirige el coro y la orquesta de cámara de la Universidad, treinta años después recompone la partitura para orquesta sinfónica, convirtiéndola en una suite orquestal.

Los títulos de los movimientos de dicha suite presentan a los personajes principales de la tragedia, para cuya descripción Vargas utiliza elementos del lenguaje musical comunes de la época modernista, muy característicos para la mayoría de las obras sinfónicas costarricenses de la primera mitad del siglo XX (tanto de la autoría de Vargas, como de otros compositores). Entre tales elementos se encuentra el uso de las escalas exóticas, el empleo de sonoridades con base en el tritono, la politonalidad, la utilización de figuras retórico-musicales (las cuales dependen generalmente de la acción teatral) como son el unísono orquestal en el párodo [la entrada del coro en una tragedia griega]; las fanfarrias, que describen el carácter cruel del rey Creonte; figuras en ostinato, que se refieren a la rebeldía de Antígona; y la marcha fúnebre, que relata el final trágico de la pieza teatral.

Antes de concluir las anotaciones de este disco, recordemos las preguntas iniciales: ¿hacia dónde nos dirige esta producción y cuál es su finalidad?

La respuesta radica en la propuesta sonora, la cual presenta un camino que recorre la historia musical del país. Este viaje se entrecruza con la aparición del repertorio sinfónico, en parte, gracias a los esfuerzos de la Orquesta Sinfónica de Heredia. La odisea sonora del disco muestran una particularidad costarricense: en la diversidad musical de todas las obras propuestas se (re)descubre la unidad del espacio sonoro de nuestro país.

Nota escrita por:

Ekaterina Chatski

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